La mujer del olivar andaluz

Por María Cano (Life+ Olivares Vivos, SEO/BirdLife)

El 15 de octubre se celebra el Día Mundial de la Mujer Rural, una fecha para reivindicar el papel de millones de mujeres en el mundo, una labor que a menudo la historia y los convencionalismos sociales se han encargado de hacer invisible.

Esa historia, tampoco ha sido mucho más amable con las mujeres que han trabajado el olivar a lo largo del tiempo. Poco sabemos de ellas y, sin embargo, algunos datos llaman nuestra atención. Actualmente tan sólo el 20% de las personas titulares jefes de explotación son mujeres, lo que demuestra que el sector olivarero está fuertemente masculinizado. Sin embargo, la mujer ha estado muy presente en el olivar, aportando un valioso e insustituible trabajo que no siempre ha sido convenientemente valorado. Hemos tenido que esperar hasta 1996 para que los sueldos entre hombres y mujeres que trabajaban en el olivar se igualaran, lo que demuestra que unos y otras no han sido tratados de forma igualitaria durante demasiado tiempo.

 

Mujeres recogiendo aceituna del suelo, en 1952 ©Mapama_Eudaldo Pedrola Millan

Mujeres recogiendo aceituna del suelo, en 1952 ©Mapama_Eudaldo Pedrola Millán

 

Hasta la década de los 60, la presencia de la mujer en el olivar fue notable, incluso superior a la de los hombres. Las cuadrillas de mujeres se encargaban de la recogida en el suelo de las aceitunas y, en muchas ocasiones, de portearlas hasta las almazaras.

Cuentan las más mayores que el trabajo era duro, horas y horas arrodilladas recogiendo minuciosamente las aceitunas del suelo, con el frío en los huesos y el dolor en la espalda. Pero su labor no terminaba aquí. Tras la faena en el campo tocaba atender a la familia, la casa, preparar el puchero para la cena y la comida del día siguiente. Tareas vitales pero infravaloradas que secularmente siempre recaen en las mismas.

Afortunadamente, el largo periodo en el que las mujeres trabajaron codo con codo con los hombres en el campo, también dio lugar a momentos alegres que dulcificaban en parte el duro trabajo y donde siempre existía un pequeño resquicio para el romance. Cuentan que la época de la recolección era muy dura, pero también animada, quizás porque por unos días hombres y mujeres compartían espacio y podían relacionarse con una mayor libertad y con la confianza que otorga el compañerismo. Pero con la llegada de los fardos en los años 60, la presencia de mujeres en el olivar se fue haciendo más escasa y se redujo aún más con la reciente llegada de la maquinaria: pesadas vibradoras, peinadoras y sopladoras.

 

Las mujeres han sido partícipes tanto o más que los hombres en la recolección de la aceituna ©María Cano

Las mujeres han sido partícipes tanto o más que los hombres en la recolección de la aceituna ©María Cano

 

Hoy, mujeres y hombres cobran lo mismo, pero muchas se quejan de ya no las contratan. Su presencia como jornaleras es menor que antaño, en parte por las dificultades que encuentran para ser contratadas y, por otro lado, por los convencionalismos que siguen sin ver del todo bien que una mujer trabaje el campo.

Por suerte el talento es imparable y no reside en el género, por ello, poco a poco, las mujeres han ido conquistado otros terrenos. Aún en clara minoría muchas ya han logrado situarse en lugares estratégicos del sector olivarero, como propietarias de explotaciones, ingenieras agrónomas o expertas en paneles de cata.

Hoy reivindicamos su trabajo pasado y presente porque estamos convencidos que sin ellas, el olivar no tendrá futuro. Para ello contamos con los testimonios de tres olivareras del proyecto Life Olivares Vivos, coordinado por SEO/BirdLife.

Tránsito, Marifé y Liliana nos cuentan en primera persona qué significa para ellas ser mujeres rurales. Tres testimonios de mujeres muy distintas que se han tenido que enfrentar a sus propias circunstancias, pero que jamás se han rendido ante las dificultades gracias a su gran espíritu emprendedor. Su lucha las ha llevado a encontrar la manera de vivir y trabajar allí donde deseaban estar, el campo.

 

Tránsito Habas es periodista y olivarera desde hace más de 30 años, momento en el que decidió dejar la ciudad para gestionar junto con su pareja, Jesús Fernández, un olivar de montaña en plena Sierra Morena. Pioneros de la agricultura ecológica, elaboran el aceite del Olivar de la Luna.

“Desde mi niñez estuve muy apegada a la Sierra de Los Pedroches, en donde jugué y correteé por sus veredas. Su singular paisaje de olivos y monte me hacían sentir libre y feliz. Con el tiempo, mi pareja y yo, comenzamos a proyectar nuestro futuro y mirando hacia ese paisaje dijimos: esto es lo que queremos, la ciudad no nos permite soñar. De eso hace 37 años y aún seguimos soñando, trabajando y a veces padeciendo entre olivos”, relata Tránsito.

 

Transito Habas, mujer emprendedora y participante en Olivares Vivos

Transito Habas, mujer emprendedora y participante en Olivares Vivos

 

Cuenta que ha encontrado no pocas dificultades para abrirse paso como emprendedora en el mundo rural: “La falta de valoración social de mi trabajo es una de ellas. Las mujeres que vivimos en entornos rurales nos estamos dejando la piel intentando ser reconocidas como verdaderas protagonistas en el mantenimiento de una economía y un modo de vida, pero nuestro trabajo sigue siendo considerado como algo suplementario y auxiliar”. Y añade con resignación, “yo me siento tratada en multitud de ocasiones como ‘la mujer de…la ayudante de…’”.

Transito también alude a otra gran dificultad que viven las mujeres del mundo rural, el cuidado del hogar: “Trabajamos codo a codo con los hombres por mantener nuestras empresas y aportamos un salario a la economía familiar, pero cuando abrimos la puerta de nuestra casa soportamos una gran soledad cuidando del hogar y de mayores y menores. El concepto de corresponsabilidad es algo que está tardando demasiado en ser asimilado por los hombres y en particular por los hombres rurales que están mucho más anclados en los valores tradicionales”.

Con todo y con eso Transito reconoce grandes satisfacciones por hecho de vivir en el campo. “Aparte de un gran gozo personal me ofrece una visión diferente del mundo. Estar en contacto diario con el paisaje, las plantas o los usos de la tierra me permite apreciar los cambios que en ellos estamos produciendo y con ello intuir hacia dónde nos podemos dirigir la especie humana si continuamos tan alejados del primer eslabón de la vida que es la naturaleza”.

En relación con lo que la mujer rural puede aportar a la sociedad ella es rotunda: “Aporta día a día la sustentabilidad de ese mundo. Las mujeres somos las principales dinamizadoras de la vida social de nuestros pueblos, mantenemos su economía con trabajo no remunerado, ¿quién si no, a parte de las mujeres, trabaja sin cobrar?, y además impulsamos los grandes cambios de mentalidad luchando por conseguir una sociedad igualitaria y equitativa. La prueba de todo ello está en que los pueblos que se quedan sin mujeres son pueblos muertos”.

Su deseo para el mundo rural es “lograr una sociedad mejor estructurada, donde el empleo y los servicios no estén concentrados en los pueblos cabecera de comarca, donde la agricultura y la ganadería tengan un manejo ecológico, el campo esté lleno de biodiversidad, con olivares vivos; donde las empresas adopten criterios de igualdad y sustentabilidad, y las mujeres ejerzan un papel más decisivo cada día, porque nuestra dignidad y nuestro futuro dependen de ello”.

“Quiero imaginar que en algún momento volverá aquella idea que a mí me llevó a vivir en el campo: cómo podemos ser felices si no tocamos la tierra con las manos, cómo podremos sentirnos libres si no tenemos un paisaje donde soñar”, concluye.

 

Marifé Bruque es Ingeniera Industrial, una mujer emprendedora que desde hace algunos años gestiona el olivar familiar ubicado en Linares (Jaén) donde elabora el aceite Quinta San José, que persigue la excelencia y que ha sido merecedor de numerosos premios.

Las circunstancias laborales y familiares llevaron a Marifé al campo y al mundo de la olivicultura, cambiando su residencia a la finca familiar. “Al morir mi padre tome contacto directo con el olivar, en representación de mi madre. Mi profesión ha sido ingeniero técnico industrial, por tanto, no tenía conocimientos previos, pero mi pasión fue siempre el campo”.

 

Marifé trabajando en una de sus más jovenes plantíos de olivar

Marifé Bruque trabajando en uno de sus más jovenes plantíos de olivar

 

Las dificultades que encontró fueron, según ella, “fundamentalmente la falta de formación de los hombres y mujeres del campo para romper barreras tradicionales que favorecerían un cambio de mentalidad. Los trabajos en el mundo rural son de equipo y por tanto es muy importante la coordinación y la concienciación con los problemas actuales: Nuevas plagas, cambio climático, tratamientos, biodiversidad, optimización de los riegos, nuevos mercados, competitividad, clientes mejor formados y más exigentes, etc…”

“Vivimos en un mundo donde la información nos satura, pero falta formación, que es fundamental para conquistar nuevas metas y adaptarse a los momentos actuales. Es responsabilidad de todos que la información llegue adaptada a quien tiene en sus manos la tareas del campo promoviendo las asociaciones en lugar de los individualismos”, declara Marifé con convencimiento.

“Los emprendimientos con éxito forman parte de un equipo, donde además de formación, trabajo organizado y concienzudo, se valore el riesgo y se disponga de financiación y medios suficientes para acometerlos. El programa Olivares Vivos está haciendo cambiar mentalidades y está ofreciendo una amplia labor con profesionales comprometidos y formados”.

A Marifé le compensa vivir en una zona rural por varios motivos: “Proporciona un conocimiento más amplio y cercano de la realidad del campo, lo que me ha supuesto un enriquecimiento práctico y complementario a mi formación”. Otra de las ventajas que subraya es que “actualmente, vivir en un pueblo no conlleva necesariamente un aislamiento, pues los medios de comunicación y de información hacen que no nos sintamos aislados. Todo ello hace que las personas jóvenes y formadas encuentren un lugar donde vivir y trabajar”. Y dentro de este contexto tiene muy claro lo que la mujer puede aportar: “un cambio de mentalidad necesario para la adaptación a los nuevos mercados, ser más profesional y más comprometido con la naturaleza.”.

Desde su posición de empresaria y emprendedora le gustaría que las cooperativas y asociaciones agrarias trabajaran por la calidad y fueran más responsables con el medio ambiente y que se potencien las uniones y asociaciones ante los individualismos. “Hay que insistir en la formación, y que ésta sea multidisciplinar y diversificada. El campo, la agricultura y la ganadería son espacios y quehaceres que requieren formación técnica en cultivos, de optimización de recursos hídricos, de mercados y tendencias, de distribución y de tecnologías respetuosas con el medio ambiente. Las subvenciones con recursos públicos no pueden ir a profesionales sin formación adecuada”.

 

Liliana Borges es una joven veterinaria que forma parte de la asociación O-live Medio Ambiente. Junto a sus tres compañeros Víctor, Álvaro y Emeline, desde hace tres años gestiona la finca de Rancho del Herrador, un olivar ecológico en el Parque Natural de Grazalema en donde tienen muy presente la conservación de naturaleza.

Liliana relata cómo materializó su sueño de instalarse en el campo uniendo un proyecto de olivicultura y conservación del entorno. “Siempre he querido dedicarme a la conservación del medio ambiente. Lo había intentado durante algunos años en grandes ciudades, pero mis experiencias no iban más allá de contratos temporales y voluntariados indefinidos. En 2014, conjuntamente con amigos, surgió la idea y oportunidad de empezar un proyecto nuevo en Prado del Rey. Por entonces vivía en Madrid y a la hora de decidirlo no lo dudé. El proyecto inicial era un auténtico caos, pero una de las líneas definidas era utilizar las herramientas de la custodia del territorio para recuperar un olivar abandonado, tanto desde un punto de vista de rentabilidad como de biodiversidad. Y en eso estoy. Creo que de la planificación inicial del proyecto, la del olivar es la única que resiste y, de momento, estoy muy contenta”.

 

Liliana durante la recogida temprana de la aceituna

Liliana Borges durante la recogida temprana de la aceituna

 

En su caso, como mujer emprendedora en el mundo rural, reconoce no haber encontrado dificultades. “Es verdad que mi incorporación al mundo agrícola no lo hice bajo mi nombre personal adquiriendo tierras y registrándome como productora de aceite, por ejemplo. Es un proyecto de nuestra asociación en donde que yo, al igual que mis compañeros, realizo trabajos agrícolas. El olivar lo trabajamos nosotros mismos. No tenemos ni subvenciones, ni contratos, ni empleados, ni sueldos (ríe). Esto nos hace muy independientes a la hora de trabajar”.

En cambio ella reconoce sí otro tipo de trabas: “Las dificultades que he encontrado creo que no tienen que ver con el hecho de ser mujer sino más bien con mi origen urbanita; con la edad, pues se entiende que el campo no está hecho para los jóvenes que somos ‘flojos’, al ser demasiado duro; con la formación académica, ya que los que saben trabajar el campo no suelen tener estudios; y con la visión conservacionista del mundo rural, aquí, qué te voy a contar, la tierra está para que uno la use y abuse hasta su agotamiento”. “¿Lo positivo? que estas dificultades nos son generalizables y siempre encuentras gente que te ayuda, enseña, comprende, propone”, matiza Liliana.

Liliana describe los regalos que le ofrece el campo y la olivicultura ecológica de una manera casi poética: “Sin clichés, bienestar y calidad de vida. Llegar al olivar, ver cómo esos árboles han cambiado en tan sólo tres años; ver a tus ovejas correteando con los corderos detrás y llevarte al huérfano a casa y encontrártelo en tu sofá tapado con la manta; mirar al hueco del quejigo para ver el mochuelo; ver el tronco seco de la finca del vecino con la pareja de ocelados, o la pareja de águilas calzadas, una clara y otra oscura, que vuelve cada año; tener a la perdicera rozándote la cabeza mientras podas; mirar el perfil de la sierra con algún pinsapo asomándose, la puesta del sol sobre la Torre Pajarete… y por la noche ver ‘las pistolas laser’ del chotacabras y poder ver cielos de infinitas estrellas ….esto para mí es calidad de vida”.

Olivar en Andalucía ©Nito-shutterstock.com

Olivar en Andalucía ©Nito-shutterstock.com

¿Y qué puede aportar la mujer al mundo rural? “Más que aportar algo nuevo, hay que reconocer y valorar su presencia”, responde Liliana. “Desde siempre la mujer es participe activa en el campo, pero muy a menudo de forma invisible. Además de los trabajos de cuidado mayoritariamente realizados por mujeres, también están fuertemente involucradas en las labores productivas, sociales, culturales y medioambientales del mundo rural”.

Ante el futuro del mundo rural, Liliana advierte de que hay que modificar pautas, pero es optimista. “La actual situación de crisis ambiental y social que vivimos hará que la gente se dé cuenta que hay costumbres, comportamientos y directrices que se tendrán que cambiar. Actualmente, el mundo rural está dominado por una población envejecida, pero las generaciones que les siguen tienen formación y están familiarizadas  con conceptos importantes -que no significa que los apliquen, pero han oído hablar de ellos-  como cambio y sostenibilidad.  Y estas vendrán con nuevas ideas, necesidades, herramientas y metodologías que fomentarán un cambio en la concepción actual del mundo rural”.


Homenaje a las mujeres rurales (Life+ Activa Red Natura 2000)

 

 

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