Pardelas acosadas desde tiempos de los aborígenes

Bajo la cabecera “Mares y pardelas”, el último número de la revista Aves y naturaleza publica un especial de ocho páginas sobre los problemas de conservación del mar y las especies marinas en nuestro país. Entre ellas se encuentra la pardela cenicienta, Ave del Año 2013 de SEO/BirdLife, a la que la periodista Sofía Menéndez -radicada en Canarias- dedica un original reportaje centrado en las relaciones de la especie con los habitantes rurales de este archipiélago. Reproducimos aquí este reportaje, al que también se puede acceder en su versión en pdf.

Acosadas desde tiempos de los aborígenes

Por Sofía Menéndez

“Si no has cazado y comido una pardela, es que por tus venas no corre sangre majorera”. Así se expresa un grupo de jóvenes de Villaverde, localidad del municipio de La Oliva (Fuerteventura), cuando se les pregunta por las aves marinas. El conocimiento del origen cultural y tradicional del aprovechamiento de la pardela cenicienta en Canarias puede dar las claves para tratar de erradicar el furtivismo que sufre la especie.

Pardela cenicienta dentreo de una cueva de cría. © José Manuel Arcos

Pardela cenicienta dentreo de una cueva de cría. © José Manuel Arcos

Para profundizar en las relaciones entre las pardelas, los habitantes y el territorio es fundamental consultar fuentes tan diversas como la antropología ecológica, la historia oral, la toponimia y demás vínculos entre el léxico canario con estas aves.

Dos especies extintas

Los huesos de yacimientos paleontológicos de Fuerteventura y Lanzarote indican que en el pasado de Canarias habitaron otras pardelas diferentes a las actuales: la pardela del malpaís (Puffinus olsoni) y la pardela del jable (P. holeae). La primera de ellas, que nidificaba en zonas de malpaís, sobrevivió por lo menos hasta el siglo XIII, fue consumida por los aborígenes y su desaparición se relaciona con la introducción de ratas y gatos tras el contacto europeo. La extinción de la segunda fue más temprana, muy probablemente coincidente con la llegada de la  primera población humana al archipiélago, y su ausencia posterior podría estar vinculada a la caza por parte de los aborígenes.

La toponimia de Canarias está repleta de puntos designados con el nombre de estas aves. Como ejemplo mencionar algunos enclaves del municipio de Pájara:  Degollada de las Pardelas, Hoyo las Pardelas, Cuesta de las Pardelas, Piquito de las Pardelas, etc. El diccionario del habla canaria del lingüista majorero Marcial Morera Pérez señala una frase del Diario 81 de Cristóbal Colón: “Vinieron al navío más de quarenta pardelas juntas”. Estos apuntes históricos se repiten durante el siglo XVII, XVIII y XIX. El diccionario de Morera se refiere al término “pardelear” para expresar la acción de cazar pardelas.

 

Pichones con sofrito y gofio

De los pardeleros-as habla Victoriana Santana Figueroa -hija, esposa y madre  de pescadores- que nació a principios del siglo pasado (1914)  en Corralejo, en una casa frente a la isla de Lobos y falleció en 2001 en el mismo lugar. Esta sabia mujer, amante de la naturaleza y el mar,    recordaba cómo -cuando era niña- la época que cazaban las crías de pardelas coincidía con las fiestas de la romería de la Virgen de la Peña, a finales de septiembre. Se hacía un sofrito para comer estos pichones  y aprovechar toda su grasa. Las aves se metían en agua caliente para desplumarlas más fácilmente y se acompañaban con gofio (harina de millo o maíz tostado).

Victoriana Santana recuerda su infancia y la tradición culinaria de las pardelas.

Victoriana Santana recuerda su infancia y la tradición culinaria de las pardelas.

También se podía añadir miel de abeja o azúcar. “Era una carne muy buena que sabía a pollo y a pescado”, señalaba doña Victoriana.

La isla de Lobos estaba regentada por un señor que vivía en La Oliva, en la Casa de los Coroneles, y en agosto un grupo de medianeros  limpiaban las cuevas para que entrará  el mayor número de pardelas, para posteriormente cazar más crías. “Se utilizaba un bichero y también hurón” para hacerlas salir, apuntaba la difunta Victoriana Santana Figueroa, que también  recordaba con nostalgia cómo las pardelas cubrían el cielo de gris a finales de octubre y principios de noviembre cuando empezaban a volar. Su hermano -Nicasio- cazaba miles de pardelas en la zafra.  Esta mujer aconsejaba que se limpiasen las cuevas donde crían, para facilitar su labor; así vendrían más y no se extinguirían.

 

Caza al primer aleteo

Entre los habitantes del archipiélago y la pardela existe un vínculo muy fuerte, comenta uno de los vecinos de la localidad de Villaverde, Antonio González Carrión, de ochenta y seis años, carpintero y agricultor. Recuerda cómo desde su infancia, en época de Todos los Santos, en la isla se vendían por las casas las pardelas desplumadas, abiertas y jareadas, como el pescado. “La salida del pollo de la pardela –añade Antonio González- para mi está ligada a la recolección de flores para llevarlas al cementerio”.

Para Antono González, "comer carne de pardela era una gran fiesta".

Para Antono González, “comer carne de pardela era una gran fiesta”.

Según Antonio, también se capturaban con los focos del barco por la noche, en el aleteo, como llamaban al primer vuelo de las crías. Las aves iban a la luz y se atrapaban fácilmente. De ahí que la palabra “apardelado” sea sinónimo de abobado.  Este hombre de memoria prodigiosa describe cómo una vez muerta el ave la ponían boca abajo y recogían el aceite que expulsaba por el pico. Este líquido se vendía aparte en pequeños frasquitos como medicina: “era una bendición para las personas que sufrían hemorroides y golondrinos”, advierte.  “En mi infancia –comenta Antonio González – comer carne de pardela era una gran fiesta y, como el sabor resultaba muy fuerte, se mezclaba con trozos de conejo o cabra”.

Uno de los casos más sonados en estos últimos años fue la caza de pardelas del exconcejal del Ayuntamiento de Teguise  y exconsejero de Medio Ambiente, Agricultura y Ganadería del Cabildo de Lanzarote, Higinio Hernández, pillado “in fraganti”  en la tarea de desplumar diez ejemplares.

 

Higinio Hernández pillado "in fraganti" desplumando pardelas.

Higinio Hernández pillado “in fraganti” desplumando pardelas.

Quince años de prohibición

En la orden de 14 de septiembre de 1988 por la que se actualizan los valores de las especies cinegéticas y protegidas en el territorio de la Comunidad Autónoma de Canarias se prohibió la caza de la pardela, estableciendo una indemnización por la tenencia ilegal o la comercialización de pardela cenicienta en 100.000 pesetas cada ejemplar.  Su caza está declarada delito en el Código Penal (Art. 335) y se sanciona con entre cuatro y ocho meses de cárcel, además de la inhabilitación especial para el ejercicio del derecho de caza por tiempo de tres a ocho años. Preguntado por las estadísticas de furtivos de pardelas en los últimos años, al cierre de esta edición el servicio de prensa del Seprona asegura que son datos complicados de recopilar y están desbordados de trabajo. No obstante,  se sabe que el año pasado, en controles nocturnos, la guardia civil pilló con pardelas en el maletero a un grupo de jóvenes conejeros (Lanzarote) y algunos chicos de Villaverde (Fuerteventura). Esta información se filtró a los medios de comunicación.

La situación de desbordamiento de los agentes de medio ambiente en ambas islas es terrible, en relación al control y a la vigilancia sobre el territorio. En el cabildo conejero se ha pasado de seis agentes a dos, mientras en Fuerteventura solo hay tres agentes de la Benemérita, cifra completamente insuficiente para una isla tan grande.

La situación actual obliga a buscar estrategias de comunicación y campañas de divulgación basadas en la antropología ecológica, así como a una mejora de los medios materiales y humanos para la vigilancia, como vías para erradicar el furtivismo que actualmente padece la pardela cenicienta.

 

 

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