Un siglo sin la paloma migratoria americana

Se cumple hoy exactamente un siglo de la extinción de una de las aves más espectaculares del mundo, la paloma migratoria americana (Ectopistes migratorius), cuyos gigantescos bandos de millones de ejemplares dejaron atónitos a los primeros europeos que recorrieron América del Norte. Esos mismos hombres las cazaron con tal avidez que consiguieron que no quedara ni una sola. Era tal la abundancia de aquel recurso que lo consideraban inagotable. Pero en unas pocas décadas descubrieron que la persecución masiva y constante en sus zonas de cría y descanso estaban borrando aquella maravilla natural de la faz de la Tierra. Con sus hábitos coloniales, las palomas eran extremadamente fáciles de capturar. Cuando se dieron cuenta de que esa persecución masiva estaba aniquilándolas, quisieron evitarlo, pero ya era demasiado tarde. Habían causado tal destrozo que las poblaciones no pudieron recuperarse y desaparecieron para siempre.

 

 

 

Todavía viven algunas personas que recuerdan haber visto palomas en su juventud; aún quedan árboles en pie que fueron sacudidos por ese viento viviente. Pero dentro de unas décadas sólo los viejos robles lo recordarán y, después, tan sólo las colinas lo sabrán

Aldo LeopoldUn monumento a la paloma migratoria, 1947

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Sabemos que hace justo 100 años de la muerte de la última paloma migratoria porque fue precisamente un 1 de septiembre de 1914 cuando murió en el Zoo de Cincinnati el último ejemplar conocido, una hembra apodada Martha. La última de las palomas migratorias vivió sus últimos años solitaria y sin posibilidad de reproducirse, conservada como una reliquia de la América salvaje, un testimonio vivo de lo que la avaricia y la estupidez humana pueden llegar a producir.

 

 

Así reza la placa en la Smithsonian Institution: "MARTHA, última de su especie, murió a la 1. p.m., el 1 de septiembre de 1914, a los 29 años, en el Cincinnati Zoological Garden. EXTINTA"

 

La extinción de la paloma migratoria americana es un ejemplo conmovedor de lo que sucede cuando los intereses del hombre chocan con los de la naturaleza

 

Son muchas las especies de aves extinguidas en el mundo por la acción humana. Pero pocas desapariciones son tan dramáticas como la de la paloma migratoria americana. Si es triste el destino de cualquier especie que se pierde, es más desolador aún el de las condenadas en vida, como ocurrió con Martha. La extinción de la paloma migratoria americana es un ejemplo conmovedor de lo que sucede cuando los intereses del hombre chocan con los de la naturaleza. Y un estupendo relato también para nuestros días, cuando seguimos cometiendo los mismos errores y repitiendo por todo el globo y a una escala inimaginable la misma matanza y el mismo suicidio que se vivió en América con la paloma migratoria. Basta ver cómo el último informe de BirdLife International y la IUCN señala que el 13% de las especies actuales de aves está en riesgo de extinción.

 

 

La especie más abundante de EEUU

 

 

Para hacerse una idea del volumen de lo perdido, se piensa que la especie llegó a representar entre el 25% y el 40% de la población total de aves de los Estados Unidos y que había entre 3.000 y 5.000 millones de palomas migratorias en el momento en el que los europeos descubrieron América, según datos de la Smithsoniam Institution de EEUU.

 

En el siglo XVII, los primeros exploradores y colonos de América del Norte mencionaron con frecuencia a las palomas migratorias. El navegante francés Samuel de Champlain, fundador de la ciudad de Quebec, informó en 1605 de que había “innumerables” palomas en los nuevos territorios; el misionero Gabriel Sagard-Theodat, que exploró la tierra de los indios Hurones, escribió de “multitudes infinitas”, y el médico británico Cotton Mather describió un bando de palomas en migración que debía abarcar una milla de ancho y que estuvo volando por encima de él durante horas.

 

Se piensa que la especie llegó a representar entre el 25% y el 40% de la población total de aves de los Estados Unidos

 

El naturalista y dibujante John James Audubon, padre de la ornitología en EEUU, describió así la migración en 1813: “Desmonté del caballo, me senté en un promontorio y empecé a anotar un punto por cada bandada que lograba avistar desde allí. En un rato me convencí de que era imposible seguir porque los pájaros no dejaban de pasar en incontables multitudes. Me levanté y cuando conté los puntos vi que había anotado 163 bandadas en 21 minutos […] El aire estaba literalmente repleto de palomas; la luz del mediodía estaba oscurecida como por un eclipse; las cagadas caían del aire de forma no muy distinta a como lo hacen los copos de nieve y el continuo zumbido producido por el agitar de las alas tenía la capacidad de mecer los sentidos hasta adormecerme […] Al final del día llegué a Lousville, a 55 millas, y las palomas seguían pasando en números similares,  y lo siguieron haciendo durante tres días consecutivos”.

 

 

Las claves de la desaparición

 

 

Con tal abundancia, parece increíble que la paloma migratoria pudiera llegar a extinguirse. Pero debido a la caza y la pérdida de hábitat se transformó en una especie sumamente escasa a finales del XIX. Se habían convertido en una apreciada fuente de comida y un recurso perseguido ‘industrialmente’ para abastecer un gran circuito comercial. Fueron cazadas sin descanso, disparadas, capturadas en redes o chamuscadas en los dormideros comunales que construían en los árboles.

 

 

Pintura de época representando la caza de la paloma migratoria.

 

 

El último avistamiento (y muerte) de una paloma salvaje data de 1900, en el condado de Pike (Ohio). Desde entonces se ofrecieron recompensas por el avistamiento de nuevos ejemplares, pero no hubo más.  De 1909 a 1912, la American Ornithologists’ Union ofreció 1.500 dólares a cualquier persona que encontrara un nido o colonia de anidación de palomas migratorias, pero estos esfuerzos fueron inútiles Después de eso, sólo sobrevivieron unas pocas en cautividad, que no fueron capaces de reproducirse entre ellas. La paloma migratoria era un ave colonial y gregaria y necesitaba un gran número de condiciones óptimas para la cría. Entre otras cosas, se cree que sólo comenzaba la nidificación cuando el número de congéneres que la rodeaba era de miles de ellos. La última paloma en morir fue Martha, que vivió 29 años en el Zoo de Cincinnati y cuyo cuerpo se conserva en el Museo de Historia Natural de la Institución Smithsonian de Washington.

 

 

Descripción de la especie

La paloma migratoria o paloma salvaje pertenece al orden Columbiformes. Su nombre científico es Ectopistes migratorius. Ectopistes significa “moverse o vagar”, por lo que la nomenclatura de la especie indica que era un ave que no sólo migraba en la primavera y el otoño sino que también se desplazaba continuamente para  seleccionar entornos favorables para la alimentación y el descanso.

Macho y hembra de paloma migratoria americana dibujados por John Audubon en el siglo XIX.

Su morfología iba acorde con sus características viajeras, con un vuelo descrito como ligero, veloz y con gran maniobrabilidad. La cabeza y el cuello eran pequeños; la cola larga y en forma de cuña, y las alas, largas y puntiagudas, impulsadas por grandes músculos pectorales que le daban capacidad para el vuelo prolongado. Los machos alcanzaban los 40 centímetros y tenían la cabeza y las partes superiores de un gris azulado con rayas negras en las alas. Lucían parches iridiscentes rosáceos en la garganta que cambiaban a un verde y púrpura metálicos en la parte posterior del cuello. El pecho era de un rosa suave, sombreado gradualmente a blanco en la parte inferior del abdomen. Los iris eran de color rojo brillante, al igual que las patas, de un rojo más tenue. Los colores de las hembras eran más apagados y pálidos.

 

 

 

El hábitat de la paloma migratoria

 

 

La principal zona de nidificación de la paloma migratoria estaba en la región de los Grandes Lagos y el este de Nueva York. Las principales áreas de invernada se extendían desde Arkansas hasta Carolina del Norte. Su rango migratorio se extendía desde el centro de Ontario, Quebec y Nueva Escocia hasta las tierras altas de Texas, Louisiana, Alabama, Georgia y Florida.

 

 

El hábitat de la paloma migratoria estaba constituido por bosques mixtos de frondosas. Dependían de ellos para anidar en primavera y como refugio invernal para encontrar comida. Las bellotas, castañas,  hayucos, semillas y bayas eran el pilar de su dieta, que se completaba con insectos en primavera y verano.

 

 

Distribución de la paloma migratoria, con el área de nidificación en rojo y la de invernada en línea punteada verde.

 

 

 

Durante el invierno, las aves establecían dormideros comunales que llegaban a tener tal volumen de ocupación que provocaban la rotura de las ramas por el peso. Por la mañana, los pájaros volaban en grandes bandadas para recorrer el campo en busca de alimentos. Por la noche volvían a la zona de descanso y su parloteo se oía desde millas de distancia,  según reportaba la gente de la época. Cuando el suministro de alimentos se agotaba o las condiciones meteorológicas eran adversos, establecían un nuevo dormidero.

 

Los vuelos migratorios de la paloma migratoria eran espectaculares. Los pájaros volaban a una velocidad estimada de unos 60 kilómetros por hora. Los observadores señalaban que los vuelos duraban desde la mañana hasta la noche y se prolongaban durante varios días.

 

El momento de la migración de primavera dependía de las condiciones meteorológicas. Bandos pequeños llegaban a veces a las zonas de nidificación del norte a principios de febrero, pero la migración principal ocurría en marzo y abril. Los sitios de nidificación se establecían en zonas forestales que tenían un suministro suficiente de alimento y agua dentro de un rango de vuelo diario.

 

 

Ejemplar naturalizado de paloma migratoria americana.

 

 

Como no hay datos, sólo es posible dar estimaciones sobre el tamaño y la población de esas áreas de anidación. Un solo sitio podía cubrir muchos miles de hectáreas y los pájaros estaban tan congestionadas en ellas que podían contarse cientos de nidos en un solo árbol. En el siglo XIX, se informó de que una zona de nidificación en Wisconsin abarcaba 850 kilómetros cuadrados y que el número de aves se estimaba en 136 millones.

 

Los nidos se construían con palos y ramas pequeñas y tenían alrededor de unos 30 centímetros.  La puesta era de un solo huevo, blanco y alargado y la incubación duraba 12-14 días. Ambos padres compartían la incubación y la alimentación de los pollos.

Los expertos discrepan sobre la cantidad de veces que la paloma migratoria podía llegar a anidar en una temporada. La opinión general es que normalmente lo hacían dos veces, pero esto puede ser probado ni refutado puesto que no hubo un registro exacto de los agrupamientos.

 

La notable disminución de las palomas migratorias comenzó cuando los cazadores profesionales comenzaron a venderlas en los mercados de la ciudad

 

Puesto que la paloma migratoria se congregaba en números tan enormes, necesitaba grandes bosques para existir. Cuando los primeros colonos despejaron los bosques del Este para la agricultura, las palomas migratorias se cambiaron su territorio a los bosques que aún quedaban y comenzaron a utilizar los campos de cereales. Las bandadas causaban daños a los cultivos y los agricultores las persiguieron usándolas como fuente de carne, aunque esto no parece que hiciera disminuir seriamente el número total de aves.

 

Realmente, la notable disminución de las palomas migratorias comenzó cuando los cazadores profesionales comenzaron a usar redes y a disparar a los pájaros para venderlos en los mercados de la ciudad. Aunque las aves siempre habían  sido utilizadas como alimento, también por los indios de forma ancestral, la verdadera masacre comenzó en la década de 1800.

 

No había leyes que restringieran el número de palomas que podían matarse ni  los métodos de captura. Puesto que tenían hábitos comunales, eran fáciles de atrapar. Se disparaba a los adultos en los nidos y también se atrapaba a los jóvenes pichones  tirando los nidos al suelo con palos largos. También se las cogía por miles colocando ollas de fuego y azufre bajo los dormideros, con lo que el humo aturdía a las aves que caían al suelo.

 

 

Ilustración de un dispositivo con redes para la caza de paloma, dibujado por Cockburn en 1829.

 

 

Cuando la carne de paloma se hizo popular, la caza comercial comenzó en una escala prodigiosa John Audubon describió los preparativos para una cacería, con numerosas personas acampadas con caballos, carros, armas y municiones. Llega a mencionar cómo dos agricultores de una localidad distante unos 100 kilómetros habían llevado hasta allí a 300 cerdos para engordarlos con las palomas que iban a ser sacrificadas.

Las palomas se enviaban en vagón de carga a las ciudades del Este, donde se vendían a medio dólar la docena. Los esclavos y los siervos en la América del siglo XIX a menudo no veían ninguna otra carne. En 1850 la destrucción de las palomas llegó al máximo extremo y para 1860 empezó a observarse que el número de aves parecía estar disminuyendo, pero aún así la masacre continuó, acelerándose  a medida que se desarrollaron más ferrocarriles y telégrafos.

 

 

Las palomas se enviaban en vagón de carga a las ciudades del Este, donde se vendían a medio dólar la docena

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Uno de los últimos grandes anidamientos de palomas migratorias se pudo contemplar en Petoskey (Michigan) en 1878. En aquel lugar, se estuvieron capturando 50,000 aves por día y esa tasa continuó durante casi cinco meses. Cuando los adultos que se salvaron intentaron una segunda puesta en nuevos sitios, fueron localizados por los cazadores profesionales y atrapados antes de que tuvieran la oportunidad de sacar adelante la nidada.

 

Poco a poco las voces que advertían sobre el ritmo exagerado de capturas empezaron a oírse y se aprobó en Michigan una ley que prohibía cazar palomas a menos de dos millas de los nidos, aunque esa legislación no llegó a cumplirse.

 

 

A principios de la década de 1890 la paloma migratoria había desaparecido casi por completo. Ya era demasiado tarde para protegerlos por la aprobación de leyes. En 1896, el  último gran bando que se observó tenían unos 250.000 ejemplares, que murieron a manos de los cazadores a sabiendas de que era la última bandada de ese tamaño. En 1897 se presentó un nuevo proyecto de ley, que esta vez abogaba por una veda de 10 años para permitir la recuperación.  Fue un gesto inútil,  porque para aquel momento las aves que quedaban no eran suficientes para restablecer la especie.

 

 

Macho y hembra dibujados por Louis Agassiz.

 

 

La estrategia de supervivencia de la paloma migratoria se había basado en la táctica de las grandes masas y densidades de población. Las grandes bandadas eran un seguro contra la depredación y otros riesgos. Cuando una bandada de cientos de miles de palomas se establecía en un área,  el número de depredadores locales, como zorros, comadrejas y halcones era tan pequeño en comparación con la densidad total de aves que poco daño podían generar al conjunto de la población.

 

La estrategia de supervivencia de la paloma migratoria se había basado en la táctica de las grandes masas y densidades de población

 

Pero su estilo de vida colonial resultaba muy peligroso para enfrentarse a un depredador como el hombre, que las aniquiló en sus nidos de forma industrial y fácil. Lo cierto es que los intereses de la civilización, con la necesidad de aclarar los bosques para la agricultura, eran diametralmente opuestos a los intereses de las aves que necesitaban los grandes bosques para sobrevivir. Una de las conclusiones a las que han llegado los biólogos de la conservación es que las palomas migratorias estaban en buena parte condenadas. La especie, que basaba su existencia en las grandes densidades de población, no podía adaptarse a vivir en pequeñas bandadas. Cuando sus intereses chocaron con los intereses del hombre, la civilización prevaleció. La masacre sin sentido que se llevó a cabo en unas  pocas décadas del siglo XIX sólo aceleró el proceso de extinción, porque la conversión de bosques en tierras de cultivo habría dificultado su supervivencia a largo plazo.

 

En la Smithsoniam Institution, la entidad científica donde se conserva el cuerpo de Martha, la última de las palomas migratorias, intentan extraer algún pensamiento positivo de este monumental drama de la biodiversidad. “El único resultado valioso de la extinción de la paloma migratoria fue que despertó el interés del público en la necesidad de contar con leyes de conservación fuertes. Gracias a que esas leyes se pusieron en práctica posteriormente se salvaron muchas otras especies de aves y de fauna silvestre”, aseguran.

 

La cuestión es, ¿estamos seguros de eso? ¿No estamos haciendo lo mismo en nuestros días? Por poner un ejemplo, escribo estas líneas desde Plasencia, el lugar donde crecí de niño y donde en los veranos las tórtolas (Streptopelia turtur) se contaban por miles, no con los volúmenes de la paloma migratoria americana, desde luego, pero sí en unas cantidades que a los que vivimos entonces nos parecían difíciles de agotar. Hoy, todo aquello es pasado; no he visto ninguna tórtola en los campos este verano, pero sí me he encontrado cazadores, vagando aburridos y perplejos, preguntándose qué habrá pasado y qué cosa podrán ahora disparar.

NOTA: Este artículo se basa en gran parte en la información ofrecida por la Encyclopedia Smithsonian

 

 

Pedro Cáceres es socio de SEO/BirdLife y trabaja en el gabinete de comunicación de nuestra ONG. Nació en Plasencia y creció entre el Jerte y Monfragüe, donde vuelve siempre que puede o le dejan.

Twitter: @Pcaceres_

 

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