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Mauricio González, el gran aliado para la gestión de Doñana

Conocí a Mauricio González-Gordon, quien acaba de fallecer a los 89 años de edad, a mediados de los 80. Era un caballero afable y educado, de exquisitas maneras, buen conversador y atento escuchador. Amaba la vida y la belleza, el vino de Jerez, los buenos negocios, las aves y, sobre todo, Doñana. Lo conocí en una extraña encrucijada de tiempos y circunstancias. En un momento en que Doñana, siempre Doñana, se disponía a dejar de ser “el coto” para ser el “parque nacional”. Ese proceso, mucho menos glamuroso que el de la declaración, apenas está escrito, y quizá no haga falta relatarlo del todo. Pero esos avatares, no siempre rectos, que transformaron al viejo lugar aristocrático en uno de los más importantes espacios protegidos del mundo, probablemente tampoco habría llegado a buen fin, por insólito que pueda parecer, sin la colaboración de Mauricio González, esta vez desde su condición de propietario.

 

Mauricio González-Gordon (derecha) en Doñana en 1957 junto a Ferguson-Lees y Valverde, en un foto publicada en 'La España Inexplorada'. ©SEO/BirdLife

 

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Hay que echar una mirada a aquel momento del pasado. A raíz de la nueva ley de Doñana, un soplo de viento fresco, poco menos que revolucionario y profundamente conservacionista, se apoderaba del lugar. Los tiempos estaban cambiando, y una nueva “raza humana” hacia su aparición. Se acababa, para bien o para mal, la etapa de los pioneros, de los románticos, de los expedicionarios. Empezaba la gestión, y los que allí desembocamos, jóvenes burócratas de conservación militante, aspirábamos a crear una administración ambiental engrasada y eficiente que fuera un referente mundial. Doñana tenía que dejar de ser un conjunto de fincas individuales en donde la Administración del Parque Nacional apenas tenía capacidad para gestionar poco más de 35 hectáreas de sus 50.000 de superficie. En el año 1984 se había aprobado el primer plan rector. En el año 1986 se conformó un equipo técnico conservacionista destinado, exclusivamente, a gestionar el parque desde el parque, para el parque, y como parque. En medio estaba la nostalgia de muchos, el personalismo de algunos y, sobre todo, la omnipresente propiedad privada.

 

Se acababa, para bien o para mal, la etapa de los pioneros, de los románticos, de los expedicionarios. Empezaba la gestión.

 

Recuerdo una de mis primeras conversaciones con Mauricio, allá en la vetusta ala del Palacio de Doñana propiedad de la familia en la linde de su finca El Puntal. Me recuerdo a mi mismo proclamando, con un ímpetu que ahora me hace sonreír, algo así como “yo antepongo la conservación a la propiedad”, y recuerdo a Mauricio, sin inmutarse demasiado, incluso sonriendo, contestando… “yo también, … aunque creo que entre personas inteligentes eso puede fácilmente hacerse compatible”.

 

Mauricio fue aliado en esa búsqueda de compatibilidad. Fue el gran aliado. El quería estar allí y, sinceramente, la administración del Parque Nacional necesitaba de aliados. Vivimos un proceso de consenso, acuerdo y reflexión continuo que duró casi una década y que, obviamente, nunca recogieron ni recogerán las hemerotecas. Un proceso con idas y venidas, con sus tensiones y sus acercamientos, en el que nunca, nunca, acercamos la linde al borde de dudar de lo importante, que era el territorio y sus valores. El resultado es que, mientras en otros sectores del Parque Nacional dificultades insalvables avocaron el inicio y culminación de un proceso de expropiación forzosa que implicó cerca de 20.000 hectáreas, hoy la familia González sigue siendo orgullosa aliada de la gestión del Parque Nacional.

 

 

Expedición hispano-británica a Doñana de 1957. Mauricio González-Gordon es el tercero por la derecha. Imagen publicada en 'La España Inexplorada'. ©SEO/BirdLife

 

 

Nunca renunciaron a nada. Siempre fueron pacíficamente beligerantes en lo que entendieron sus derechos. Y en todo momento hicieron timbre del manejo de la amistad, del acuerdo entre caballeros, del respeto a la palabra dada, y de la asunción del principio del interés general y del imperio de la norma. Mauricio había hecho posible el parque nacional, y, como viejo visionario, entendía que todo aquello que vivía, y que le obligaba a crecerse en la negociación, en el fondo formaba parte de la hoja de ruta que él, precisamente él, había puesto en marcha.

 

Hicieron timbre del manejo de la amistad, del acuerdo entre caballeros, del respeto a la palabra dada, y de la asunción del principio del interés general y del imperio de la norma.

A finales de los 90, ya alejado de la dirección del Parque Nacional, culminé en su casa de Jerez, con su hermano Jaime como tercero, todos los términos del acuerdo entre caballeros que tanto tiempo buscamos y al final encontramos. Un acuerdo que se mantiene 15 años después y que en mucho, por no decir en todo, resulta ejemplar y me sorprende que no se emplee como referencia. Fue un momento entrañable porque aquello ponía broche gentil a una voluntad de entendernos. Y allí nos tomamos la que, ya para siempre, será nuestra última copa de oloroso seco al tiempo que Mauricio sonreía entre luces, y Jaime apostillaba… “Pero si a otros les dais más,… reabrimos la negociación”. Les estoy viendo a los dos, y me siento muy orgulloso de haber tenido la oportunidad de estar allí, y de recordarlo.

 

Por eso ahora, cuando oigo nuevamente hablar de la necesidad de encontrar marcos de colaboración con la propiedad en los Parques Nacionales, me acuerdo de Mauricio, de su ironía inglesa, de su manera de comprender todo pero también negociar todo, de pretender lo mejor para los suyos pero siempre, siempre, anteponer el interés general al propio. Nada está inventado, y más ahora que parece que quisiéramos descubrir la pólvora. Y los primeros eucaliptos que se arrancaron fueron los de su finca del Lobo. Los primeros matorrales que se manejaron para el lince fueron los del Puntal. Y sus guardas acabaron siendo los guardas del Parque Nacional, sin dejar de ser los guardas de Mauricio. Cazador sin fisuras, no solo entendió que no era posible mantener la actividad cinegética en sus fincas sino que fue el primero en alcanzar acuerdos con la administración, que negoció como sólo él sabia negociar, sabedor -¡qué grandeza!- , que el final estaba sencillamente escrito en la evidencia. Nunca renunció a nada, pero siempre estuvo dispuesto a entenderlo todo.

 

Sus guardas acabaron siendo los guardas del Parque Nacional, sin dejar de ser los guardas de Mauricio.

Un día, cuando ya la confianza rayaba la amistad, me atreví a preguntarle por qué no empezábamos un expediente de compra de al menos alguna de sus fincas. Aparte de decirme que no era necesario que el Estado gastase dinero en algo en que nos íbamos a poner de acuerdo – a esas alturas ya debería considerarme mínimamente inteligente –  me comentó: “Cuando un rico de Miami viene a comprar un barco de vino a Jerez, cada uno le enseñamos lo que podemos, pero yo soy el único que me permito el lujo de mostrarle como propietario, un trozo del paraíso, y de la mano, nada más y nada menos, que el director de Doñana que así lo ratifica. Y en muchos casos, cuando el barco zarpa, el vino vendido es el mío”.

 

La familia González tuvo mucho que ver en que en los años 50 Doñana no se convirtiera en su integridad en un eucaliptal. Estuvo empeñada hasta las cachas en el delicado proceso que culminó con la declaración del Parque Nacional. Con una habilitad inusitada y una discreción infrecuente ha sabido estar siempre detrás de todos los pequeños golpes de timón que han asegurado la conservación del enclave. Sé que el espíritu de Mauricio permanece en todo ello, y me tranquiliza, como conservacionista, pensar que los González siguen siendo propietarios singulares en el corazón del Parque Nacional. Y espero que lo sigan siendo por mucho, mucho tiempo.

 

Me honro de haber conocido a Mauricio González y poder calificarme como amigo suyo. Probablemente esa relación me haya hecho mejor conservacionista. Sin duda, me ha hecho mejor persona. Descanse en paz, y que su recuerdo nos ilumine.
Jesús Casas es ingeniero de Montes y socio de SEO/BirdLife. Ha estado ligado durante décadas a la gestión y conservación del medio natural. Fue director del Parque Nacional de Doñana entre 1986 y 1994.

@CasasGrande

 

 

 

Recuerdos de Mauricio

Una de las mejores anécdotas “pajareras” que tengo de Mauricio es la del torillo. Eran los años 50 del siglo pasado y se había reunido en Jerez un grupo de ornitólogos de varias nacionalidades para acometer una de las, después bien conocidas, Doñana Expeditions, que abrirían este espacio natural único a la comunidad científica internacional. [more…]

Mauricio González-Gordon actuaba de anfitrión y entre los preparativos para la partida, Guy Mounfort mostraba orgulloso la recién publicada Guía de la Aves de Europa, de la que él, junto con Phil Hollom y Roger Tory Peterson, era autor. Andaban tratando de convencer a Mauricio para que él la tradujera al español y éste advirtió una anomalía en la ilustración del torillo que Roger Peterson había hecho: le había pintado unos ojos oscuros cuando realmente el ave tiene el anillo ocular de color claro y la pupila oscura. Así se lo manifestó Mauricio al ilustrador americano y además le ofreció la demostración práctica: “te puedo enseñar un ejemplar ahora mismo”.

Peterson, estando en el centro de Jerez como estaban, no alcanzaba a comprender cómo podían ver un torillo. Entonces Mauricio los condujo a su barbería habitual, dos manzanas calle abajo, donde el maestro peluquero tenía un torillo encerrado en una jaula. A partir de ahí, las subsecuentes ilustraciones de torillo de Roger, se atuvieron a la realidad en cuanto al colorido del ojo del ave.

De izq. a dcha. Pedro Weickert ,José Manuel Rubio, Javier Hidalgo y Mauricio González-Gordon en Doñana

 

Mauricio González-Gordon Díez, Marqués de Bonanza, fue un adelantado en la historia de la conservación en España. Cuando en los años 40 y 50 del siglo pasado nadie en nuestro país se preocupaba por la preservación de los espacios y las especies naturales, ni siquiera por los estudios ornitológicos, él y su familia, como arrendatarios primero y como propietarios luego de una parte de Doñana, promovieron la conservación del águila imperial y del lince, aun cuando estas especies estaban catalogadas como dañinas y por tanto perseguidas por las Juntas de Extinción de Especies Dañinas, organismos auspiciados por las administraciones públicas que recompensaban la eliminación de aves rapaces y mamíferos carnívoros. También lucharon contra el proyecto estatal de convertir Doñana primero en un gran eucaliptal y luego en campos de cultivos de regadío. Mauricio, además, haciendo gala de su educación británica y su inclinación por las ciencias naturales, propició las primeras expediciones científicas y de anillamiento que a la postre, abrieron la puerta de Doñana al mundo de la ciencia.

 

Mauricio González-Gordon Díez, Marqués de Bonanza, fue un adelantado en la historia de la conservación en España

Tono Valverde relata en sus Memorias, con impecable precisión y buen humor, los primeros anillamientos de ardeidas que él, junto a Paco Bernis, Perico Weickert y José Manuel Rubio y, por supuesto Mauricio, llevaron a cabo en la pajarera de la Algaida y que luego rindieron tan espectaculares resultados científicos. Ello no hubiera sido posible sin la participación de éste último y su mecenazgo, actuando como anfitrión desde su propiedad en el Palacio de Doñana.

Más tarde serían las Doñana Expeditions las que Mauricio organizara y hiciera también posible. Fueron las expediciones realizadas con un grupo internacional de científicos, entre los que estaban Julian Huxley, James Ferguson-Lees, Guy Mounfort, Eric Hosking, Phil Hollom, Roger T. Peterson, Lord Alambroke y otros, que quedaron recogidas en la obra de Mounfort, Portrait of a Wilderness y en las que por primera vez en la historia se filmó y fotografió al águila imperial ibérica.

El apodo de Mauricio entre los ornitólogos de su entorno era el de “Egretto”, en clara alusión a su imagen similar a la de una garceta.

Por si fuera poco, nuestro amigo se lanzó a la traducción de la Guía de Aves de España y Europa, de Peterson, Mounfort y Hollom, y en 1954 quedaba fundada, como no, en Jerez, la Sociedad Española de Ornitología.

Cuando Mauricio y mi padre, que eran grandes amigos, eran jóvenes, utilizaban los nombres en inglés de los pájaros, porque además de los nombres vernáculos, todavía no existía una Lista Patrón de las Aves de España. Por ello, la traducción de la guía de Peterson supuso una facilidad sin precedentes para los escasos ornitólogos españoles de entonces. Yo mismo, con menos de 10 años, recuerdo que cada noche me iba a la cama con el libro para ojear las láminas tan magistralmente pintadas por el artista americano. Este ejemplar de la Guía, que conservo, está dedicado por Mauricio y se dirige a mí como “maestro” en ornitología (!).

Mauricio González-Gordon, en 2004, recibiendo el Premio Bernis de Ornitología.

 

El proceso de traducción fue arduo y lleno de anécdotas. Para Mauricio no suponía el menor problema traducir los textos, porque no sólo era bilingüe sino que hablaba un inglés digno de los pupilos de Eton. La dificultad estaba en describir en español los sonidos con los que los autores habían descrito en inglés los cantos y los reclamos de las diferentes especies. Así, ¿cómo se interpretaba en español lo que los ingleses habían descrito para el zarcero común como un “chrr” o un repetido “che-che”? Las consultas a que Mauricio sometía a mi padre que trataban de resolver los dos, intentando reproducir aquellos sonidos de las aves y traducirlos al español, terminaban con múltiples risas alimentadas por el permanente buen humor del traductor.

Un día, cuando yo tendría siete u ocho años, en su casa de Santa Bibiana, Mauricio me mostró un cuadro que adornaba el pasillo, pintado por Bill Riddell y en el que el artista había interpretado dos aves, una grande y otra pequeña, en el lecho de un río. Me preguntó si sabía qué aves eran, a lo que yo contesté: “es una garza real”. Y él insistió: “¿y la pequeña?”. Yo, sin dudar contesté: “es un mirlo acuático”. Desde entonces, en aquella casa y en esta familia se me ha conocido con el apodo de mirlo acuático. El apodo de Mauricio entre los ornitólogos de su entorno era el de Egretto, en clara alusión a su imagen similar a la de una garceta.

Así era el Marqués de Bonanza, un príncipe del buen humor, pero, al mismo tiempo, de la humildad y de la modestia. Lo vamos a echar mucho de menos, pero contamos con su obra y con su ejemplo, que ¡ojalá influya en los que hoy tienen que tomar decisiones en materias de conservación!

 

Obituario: Adiós a una figura histórica de la conservación de la naturaleza

 

 

Javier Hidalgo, de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), es biólogo y empresario (Vinícola Hidalgo y Cía. S.A.) y Vocal de SEO/BirdLife desde 1994. Es copropietario de las Salinas de Bonanza (hoy parte del Parque Natural de Doñana). Esta entrada está escrita en Santo Domingo, cuando empiezan a llegar los ánsares y las grullas.

 

 

Mauricio González-Gordon, el anfitrión, amigo y guía de los mejores naturalistas

Decía Tono Valverde que el papel de Mauricio “había sido decisivo”. Era tan discreto que habrá tenido que irse de con nosotros, marchar para los cazaderos eternos de las praderas, donde pastan los toros de Gerión, para que así se perciba. Suele ocurrir. Más en la neolítica Celtiberia.

 

Mauricio González-Gordon, a la derecha, con Hoffmann, Scott y Bernis estudiando los límites de Doñana en 1964.

 

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Se habrá ya reunido de nuevo con Tono, con Bernis, con Félix. También con Buck, con Chapman, con Mounfort, Vaucher y Huxley. Estarán todos ellos viviendo y disfrutando la singladura llena de aventura y felicidad que depara la eternidad a los grandes cazadores de sueños y de metas que los demás ven inalcanzables, y a las que solo acceden los que aprenden y saben leer el mensaje de la vida en el rastro que ésta deja en la tierra.

 

Todos los citados, y muchos más, tuvieron como anfitrión y mecenas, en el Coto de Doñana, a Mauricio González, aquel joven espigado, británico de aspecto andaluz, de estatura de la estirpe de los cazadores de arco grande de tejo, no de los diminutos de flechas sedantes o del arpón de marfil del narval, también admirados.

 

Educado, sereno, amable, era hijo de Tío Manolo, el bodeguero de Jerez que a través de él aprendió a amar el cazadero marismeño que poseía, no como un burdo y miserable cazador neolítico, sino como digno heredero del noble mundo antiguo, aquel que entendió la caza sacralizada, en comunión con el alma de la pieza cobrada, cuyos territorios, ecosistemas, poblaciones y derecho a la existencia se defienden a muerte, al punto que no dudó en vender su finca al CSIC para que Tono Valverde cumpliera en 1964 su histórica misión de iniciar la protección de la vida salvaje en España.

 

No dudó en vender su finca al CSIC para que Tono Valverde cumpliera en 1964 su histórica misión de iniciar la protección de la vida salvaje en España.

 

Sanlúcar de Barrameda fue El Puerto de entrada a Doñana, cuando el camino por El Rocío era intransitable, y lo fue hasta hace poco. Era la manera de acceder a la marisma que forma el río Guadalquivir –el Río Grande de la historia de la humanidad, junto con el Nilo y el Eufrates– al verter las aguas de la Bética al océano atlante un poco más arriba de las torres de Hércules que jalonan el Estrecho de Gibraltar.

 

Mauricio no se limitaba a costear la recuas de mulas que llenas de víveres y de los mejores caldos gaditanos llegaban al Palacio de Doñana para atender a sus invitados, los aguerridos naturalistas de toda Europa que abrieron brecha en la conservación de la naturaleza. Él era uno de ellos y no uno cualquiera. Ante la arrolladora personalidad de todos los citados, Mauricio escuchaba más que hablaba. Dejaba el escenario a sus amigos. Pero cuando veía algún hueco importante, cuando observaba que sus impetuosos huéspedes dejaban flecos sueltos en las estrategias que se tejían delante de la inmensa chimenea del salón, en el caserón que han dado en llamar Palacio de Doñana, él aportaba el dato preciso o ejecutaba más tarde la labor decisiva. Tenía los contactos, el dominio del inglés, el conocimiento de la marisma y del monte necesario, y disponía de recursos para sacar adelante hazañas que otros, espero, relaten en esta saga de escritos que, a raíz de su muerte, aportamos quienes le conocimos y, sobre todo, tratamos o investigamos las vidas, no tanto de él, sino de quienes tanto le deben, los naturalistas pioneros de la conservación.

 

Tenía los contactos, el dominio del inglés, el conocimiento de la marisma y del monte necesario para sacar adelante hazañas

 

Como anécdota poco conocida de la vida de Mauricio González y de su padre, Tío Manolo, es que la potestad de llamar a Don Manuel González-Gordon por ese apodo, cariñoso y familiar, solo la otorgaba el altivo jerezano a quien él considerara lo merecía. El primero de los naturalistas en poder llamar tío al padre de Mauricio fue Tono y ahí está la foto en la que Valverde rubrica una barrica de caldo de Jerez, que registra para la historia el pacto de amistad. Años después, Rodríguez de la Fuente se puso en contacto con Mauricio y su padre, para que le dejaran filmar en la parte del Coto de Doñana que aún poseían. Cuando Don Manuel trató la arrolladora personalidad de Félix, rápido le concedió el título de tío y de nuevo quedó una foto, en este caso del naturalista burgalés rubricando otra barrica en las que duermen no el sueño de los justos, sino el de la maduración y el buen sabor, los dorados y perfumados vinos finos y manzanillas de Sanlúcar de Barrameda.

 

 

     Benigno Varillas promueve Altotero y los cuadernos El Cárabo. Trabajó como periodista del diario El País, donde creó la sección Ecología en 1976, que llevó hasta los años 90. Fue guionista de documentales de divulgación de la naturaleza en TVE y fundó y dirigió la revista de Quercus de 1981 a 2001. Desde 2003 trabaja en un modelo de desarrollo sostenible basado en la alianza del mundo rural, la naturaleza y la sociedad de la información.

 

 

 

 

Sobre éste Blog
El blog de SEO/BirdLife tiene como objetivo tratar los proyectos y trabajo diario de la organización de una manera más cercana, así como expresar opiniones y resaltar temas de actualidad de trabajadores y colaboradores habituales, todo ello fomentando los comentarios y debate general.