Crónica de un viaje ornitológico por Marruecos

Tras varios viajes a Marruecos a lo largo de los años siempre regreso con la misma sensación de lugar acogedor y relajante, con una naturaleza dura y sobria, pero al mismo tiempo llena de placidez y sosiego.

 

Esta vez se ha tratado de una visita distinta, el motivo principal de la aventura ha sido  mi interés por las aves. Con SEO/BirdLife  hemos recorrido una gran extensión de terreno, ya que el país magrebí es un destino ornitológico importante, con una de las especies más raras del mundo, el ibis eremita, una de las aves más amenazadas del planeta. Criatura exótica de color negro con irisaciones metálicas, cara roja acompañada de un penacho que le da un aire enloquecido y un llamativo y largo pico rojizo curvado hacia abajo. Anida en los cortados de  la costa atlántica, cerca de la ciudad de Agadir. Por supuesto, hasta allí nos dirigimos a disfrutar de su presencia.

 

 

 

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Nuestro pequeño periplo comenzó en Casablanca, desde donde viajamos en furgoneta a Fes.   Después de haber oteado los cielos en busca de especies típicas, primillas, colonias de vencejos, grajas…, comenzamos un paseo por su famosa medina, recorriendo sus laberínticas callejuelas y los renombrados curtidores o tenerías donde se lava y tiñe el cuero.

 

Camino del sur, cerca de la ciudad de Ifrane, disfrutamos  del bosque de los cedros que alberga unos llamativos pajarillos como los colirrojos diademados, de vientre rojizo y espalda blanca y negra. Pero no siempre es tan fácil distinguirlos, muchos de ellos como las alondras, terreras y cogujadas… son del mismo color de la tierra, difíciles de ver ya que se mimetizan perfectamente, por lo que hay que aguzar el oído y la vista,  una ardua labor de paciencia y perseverancia, largas jornadas a la intemperie, al sol y hasta ventiscas de arena.

 

La recompensa nos espera en el hotel, algún antiguo Ksar, especie de castillo que surge  en medio de la nada, lo único que se vislumbra a muchos kilómetros a la redonda.

 

Disfrutamos de  magníficas cenas , el cuscus, plato tradicional bereber hecho de sémola de trigo y el tayin, de cordero, pollo o verduras, en una cazuela de barro con la tapa en forma cónica en la  que se mantiene   la comida chisporroteando.

 

 

 

Poco a poco nos acercamos a las puertas del desierto, el paisaje va cambiando, la tierra y el adobe de las casas  se vuelven más rojos. Hay grandes contrastes entre la sensualidad de las dunas , los valles de palmeras refrescantes del Dades y las espectaculares gargantas del Todra, vertiginosos  escarpes y riscos en los que anidan algunas especies de rapaces y algún búho que se esconde entre las grietas, confundido con la roca.

 

Encontramos también a lo largo del recorrido el argán,olivo espinoso de hojas pequeñas, árbol endémico marroquí, cuyo aceite se utiliza desde hace siglos por las mujeres árabes para el cuidado de la piel y el cabello.

De camino a Agadir, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1987, nos topamos con el Ksar de Ait Ben Haddou. Impresionante ciudad fortificada construida en adobe en las laderas  de un pequeño promontorio y rodeada por un refrescante río. Escenario de famosas películas como Lawrence de Arabia o Gladiator.

Vamos dejando atrás la soledad y el silencio del desierto y nos acercamos al mar, al puerto de Essaouira, la antigua Mogador para los portugueses. Una de las más bellas poblaciones de la costa atlántica de Marruecos. Ciudad blanca, alegre, bulliciosa, llena de barcos y… gaviotas. Defendida en la antigüedad  por una impresionante fortaleza rodeada de cañones.

Entre el ajetreo del puerto hay unos restaurantes al aire libre en los que pesan y hacen a la plancha unos pescados recién cogidos. Nada desdeñable comida!

Nuestro viaje va llegando a su fin. Ya solo nos queda la gran Marraquech. Su espectacular y concurrida plaza, Djemaa Fna, Patrimonio Oral de la Humanidad 2001. Todo y todos se dan cita  en este amplio lugar presidido por la sobriedad de la Koutobia, minarete de 70 metros de altura, visible a varios kilómetros, testigo silencioso del acontecer de la plaza. Modelo para la construcción de la Giralda de Sevilla. El nombre de Kutubia viene de Kutub: libro, pues en la antigüedad se resguardaban a su sombra los mercaderes de manuscritos.

 

 

 

En  la estación de esquí de Oukaimeden, en el Alto Atlas, a 70 Km de Marraquech,  paseando por las laderas conseguimos otro de los hitos del viaje: ver dos típicos  pajaritos, el sociable camachuelo alirrojoy la huidiza alondra cornuda. Logrado nuestro objetivo nos despojamos de los prismáticos, compañeros inseparables durante diez días.

 

Al día siguiente el avión nos devuelve a casa

En el recuerdo quedan fijos algunos momentos,  el sol y la claridad del desierto flanqueado por un gran rebaño de camellos con el Océano Atlántico al fondo, una escena real que parece sacada de esas películas a las que el cine nos tienen tan acostumbrados. En la distancia, una bandada de cadenciosas garzas reales.

 

 

Maravillas Prieto, socia de SEO/BirdLife, participa de forma habitual en excursiones organizadas por la organización como esta por Marruecos, también ha viajado con nosotros a Rumanía y a Doñana, entre otros lugares.

 

 

 

 

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