Colgados

Love is in the air

Every sight and every sound

And I don’t know if I’m being foolish

Don’t know if I’m being wise…

John Paul Young, Love is in the air (1978)

 

No me negaréis que se parece mucho a la litúrgica imposición de un objeto sagrado. Reclinas levemente el cuello, te pasas sobre la nuca la correa y de repente, ¡zas! Ya están los prismáticos a medio camino de tus manos y tus ojos, cómodamente instalados en tu curva de la felicidad y tan cerca del corazón como es posible. La magia va a empezar. ¡A ver pájaros! [more…]

Repetimos tanto ese gesto que con el tiempo dejamos de darle importancia. ¿Os acordáis de la primera vez que os colgásteis los vuestros? Me refiero a unos definitivamente propios, ya fueran regalados o comprados. Yo no me olvido. Aquel momento cambió mi vida. No exagero. Ningún otro aparato, libro, disco, juguete o viaje me ha hecho más ilusión. Por alguna excéntrica conjunción estelar, yo nací para ver pájaros a través de unos prismáticos. Lo supe la primera vez que lo hice. Lo sé cada vez que lo hago.

"Colgados" por las aves en Picos de Europa ©SEO/BirdLife

Las personas más mayores suelen preguntarme todavía, al vérmelos al cuello, si «tienen mucho alcance». Les cuento lo de los aumentos y el diámetro, pero me quedo con ganas de explicarles que en realidad su «alcance» cubre un tipo de distancias que nada tienen que ver con el espacio. Es como si al responder sobre si un libro es bueno tuvieses que conformarte con enunciar su número de páginas y el tamaño de su letra. Lo que yo he alcanzado a ver con mis prismáticos es mucho más que las aves y paisajes que he enfocado. Es, en buena medida, el mundo. Como para cualquiera, lo poco que del mundo comprendo (acerca de en qué consiste y cómo funciona, lo hermoso y terrible que es, y qué pinto yo en él) es fruto de mi experiencia. Pues bien, algunas de mis experiencias más intensas, formativas y reveladoras han tenido lugar tras unos prismáticos. No podría ser de otra manera, con la desproporcionada cantidad de horas que he pasado con ellos entre las manos y los ojos. Algo he escrito ya sobre eso.

Ahora mismo los tengo colgados del cuello. Lo hice al sentarme ante esta pantalla, para inspirarme. Sus oscuros oculares me miran desde la distancia corta con una fidelidad que se me antoja casi canina. Sólo les falta hablar. Si pudieran hacerlo, me explicarían que no son ellos los colgados de mí, sino yo el colgado de ellos.

Lo que yo he alcanzado a ver con mis prismáticos es mucho más que las aves y paisajes que he enfocado. Es, en buena medida, el mundo

No serían los primeros en afirmar algo semejante. Como «colgado», me definió medio en broma el amigo de un amigo en una fiesta, tras explicar yo con cierto exceso de detalles en qué consiste esto de ser ornitólogo. El resto de los presentes le rieron la gracia, relajando por fin el gesto de incrédulo interés que habían mantenido durante mi monólogo. «Colgado no», respondí con urgencia (estas cosas conviene atajarlas rápido), «acepto fascinado, y comprometido. También involucrado. Y entusiasta. Pero colgado suena feo, ¿no?». «¡Colgado!», sentenció tajante el tipo aquel, para después reírse de mí con reclamo de picamaderos. No pude evitarlo: «En fin, cada uno es como es», me expliqué, «y tengo que reconocer que soy un friki. ¡No puedo dejar de pensar en pájaros!. Por ejemplo, te oigo reír y ya estoy pensando en un pájaro carpintero». Un instante después ya tomaba alguien mi testigo: «¡Es verdad! ¡Como el Pájaro Loco!». Pasamos los siguientes minutos haciendo imitaciones de Woody Woodpecker (yo ya no consideré de interés señalar que Woody probablemente es un Dryocopus pileatus), y cuando me pidieron que imitase a otras aves les respondí que si acaso pensaban que yo era un colgado de esos que salen en la tele. Hubo risas, entre ellas la del picamadero, y ahí quedó la cosa.

El amor por las aves es nuestra mejor herramienta secreta para pelear por su conservación

Pero cómo negarlo: muchos ornitólogos estamos colgados. Prestamos a las aves una atención que se sale de lo normal. Lo nuestro es algo muy parecido a un enamoramiento. O, mejor dicho, es amor. Y este amor es nuestra mejor herramienta secreta para pelear por su conservación. Porque, ¿qué sería de la música sin los más apasionados melómanos? De no ser por ellos, ¿se habría levantado de nuevo la Fenice de sus escombros en Venecia tras el pavoroso incendio de 1996? Si la música sólo «gustara», ¿habría tamaña infinidad de orquestas, conjuntos y grupos en todos los rincones del mundo? Si una inmensa tribu de de fervientes enamorados (o lo que es lo mismo: de colgados) no soñara a todas horas con ella, ¿existirían tantos conservatorios, salas de conciertos o composiciones llenas de magia? Claro que no. Hay una frase de Erich Fromm que la educación ambiental convirtió en lema: «Sólo se respeta y quiere lo que antes se conoce». Bueno, pues yo creo que sólo se protege y fomenta con todas las fuerzas lo que de verdad se ama.

Así que a colgarse los prismáticos. Y de ellos. Y sobre todo de las aves. Porque, como cantaba John Paul Young en los setenta, Love is in the air. ¡Y tiene alas!

 

Antonio Sandoval Rey es socio de SEO/BirdLife y autor del libro “¿Para qué sirven las aves?” (Tundra Ediciones, 2012)

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2 comentarios

  1. RAMÓN AUZMENDI dice:

    Como dijo Don Quijote a sú amigo Sáncho”Con la iglesia hemos topado,amigo Sáncho”y yo te digo”Con las aves hemos topado,amigo Antonio”Gran reunión de pajarracos en la libreria Rafaél Alberti.
    Gracias amigo Antonio por escribir dicho ejemplar.

  2. […] Pese a la dureza de su clima, esta inminente ZEPA marina constituye un espectáculo para los ornitólogos y aficionados a la observación de aves, como ha explicado a EFEverde el escritor y comunicador ambiental Antonio Sandoval. […]

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